Full Story (Esp)

La Historia Comienza con este primer Álbum

The Angel of the Gargoyle

Ella corría, huyendo de la aniquilación, por un sendero oculto bajo los árboles espesos, milenarios, Sagrados. Sólo avanzaba.
¿Hacia dónde estás yendo? Se preguntaba…
La oscuridad se hacía más densa como las ramas y raíces.
Se tropieza bruscamente, lastimándose aún más su piel embarrada y rasgándose aún más su sucia ropa, retazos de tela desgastados que ya casi no se parecían al que fuese un hermoso vestido. Pies descalzos, doloridos. Lo había perdido todo, incluso lo que otros llamaban Hechicería.
Al levantarse del suelo, por encima de su cabeza, los brazos de los árboles gritaron, se retorcieron y se abrieron por el viento; dejando ver una porción de cielo ennegrecido de nubes densas. A través de sus hojas, las ramas dejaron pasar una luz enigmática, grisácea, que transmitía calma y encendía miles de gotas de rocío sobre el verde pálido, como si fueran lucecitas de intensos destellos plateados que comenzaron a iluminar la oscuridad que la rodeaba. Las hojas que por fin dejaron ver sus colores otoñales, se arremolinaban en el suelo, mientras que una sola hoja, de cinco puntas aserradas, llamó su atención. Flotaba en el aire, por encima de los árboles y de su cabeza. Se mecía suave y por momentos bruscamente, sobre una fuerza invisible, que la iba atajando a cada movimiento para que siga levitando. Vista así desde abajo, contrastaba con esa parte de nube gris verdosa que se vislumbraba como un presagio, cargada de tormenta.
Se olía el verde mojado a lo lejos.
Por un segundo, que le pareció eterno, todo se quedó inmóvil, en silencio y con un brillo de antigua magia.
Al retomar sus pasos, el estrépito cayó sobre ella, frenándola con una sacudida tan violenta que creyó morir del dolor más intenso jamás sentido en su alma y su cuerpo. Una energía de luz La atravesó con un duro golpe que le quitó casi hasta su último aliento, se sintió abierta, desgarrada.
Entonces pudo ver sin mirar a través de todo ese fuego a su alrededor, de esa aparente destrucción y en vez de morir renació. Supo que había algo más allá.
Un nuevo sendero se descubría ante ella. Se incorporó y con pasos cansinos, comenzó a caminar por él a pesar del miedo a lo desconocido. Detrás había dolor, lo supo. Mientras avanzaba, pensó, incertidumbre… Más allá podía ser diferente, le dijo su intuición más profunda.
Su atención se concentró en el murmullo suave y lejano del silencio que susurraba con algunos sonidos desconocidos para ella… Etéreos. Percibió en un susurro un mensaje en el idioma más antiguo, que comprendió sin siquiera conocerlo.
“El Señor Muddum estará siempre allí, en el momento adecuado. Hablará y cantará a través de ti emanando una extraña Belleza. Armonía hecha para dar amor, regocijo y calma, dones sagrados. Sólo tendrás que llegar a su templo.”


Existía un sector inexplorado, más allá del límite que trazaba ese Bosque espeso.
El bosque estaba formado de miles de árboles, tan cerca unos de otros, que se entrelazaban entre sí con sus ramas frondosas y sus troncos armaban pasadizos como si fuese un laberinto mortal para quien se atreviese a perderse en él. Dentro de él había sectores tan velados que no se sabía si era de día o de noche.
En un lugar oculto dentro de este bosque ancestral, había un Claro. Era una especie de Jardín idílico. Todo su perímetro estaba rodeado de árboles añejos, frondosos, con hojas de bellos colores otoñales.
Sólo un árbol que se retorcía de forma extraña sobre sí mismo, con su tronco lleno de nudos parecía ser el más añejo de todos. Contrastaba con los demás por no tener hojas, parecía sin vida. Estaba caído hacia un costado como si fuera un torso encorvado, de cuya espalda salían ramas desnudas buscando un cielo entre las demás copas de los árboles. Otro grupo de ramas parecían ser sus brazos que se extendían hacia el otro lado formando una arcada, como si fuera una glorieta lúgubre que dejaba adivinar a través de ella la oscuridad de esos laberintos de troncos que rodeaban ese Jardín.
El jardín estaba adornado en forma caprichosa, armónica y bella por arbustos de ramas finas y retorcidas como la de los sauces eléctricos, que nacían todas juntas desde el centro hacia arriba, a un metro del piso y caían hacia los costados formando un círculo, como cascadas, llenas de pequeñas hojas verde limón y flores como la de los árboles de cerezos, en colores pasteles. Algunos de estos arbustos tenían flores blancas, otros en distintos tonos de rosas y otros en distintos tonos de amarillos. Gotas de rocío brillaban en sus hojas y resbalaban por sus ramas, parecían fuentes de aguas danzantes. El suelo estaba cubierto de hojas de distintas formas, eran tantas que parecía un colchón mullido y multicolor, era como si miles de especies de árboles hubiesen dejado allí su huella. Esas hojas se acumulaban intactas al paso del tiempo.
Todo brillaba extraño, agradable, resplandeciente.
El cielo se dejaba ver sobre ese Jardín cargado de nubes blancas y grises. Posaba sobre él con una luminosidad plateada como avecinando una tormenta.
En el centro de ese Jardín y justo en línea recta con el árbol desnudo, había una pirámide de piedra blanca, como de cuarzo, que iba cambiando de tonalidad y brillo dependiendo de la sombra y la luz al paso de las nubes. Era pequeña, uno de sus 4 lados le daba sólo espacio a una puerta de dos hojas en madera tallada con extraños arabescos. La puerta, con sus dos hojas cerradas, tenía un metro de ancho por dos metros de altura, lo que le daba un aspecto intimidante. Pero más intimidante era la figura que parecía estar hecha de otro tipo de piedra que se posaba sobre su cúspide. Llevaba una capa tallada en piedra negra emulando una pesada tela que no permitía ver su cuerpo. En algunas partes de la figura se veían manchas verdosas que denotaban el paso del tiempo a la intemperie. Su cuerpo debajo de la capa se adivinaba como en una posición entre agazapada y al acecho, la forma de sus brazos bajo la manga parecían abrazar la cúspide de la pirámide, esperando y a la vez a punto de atacar. Por debajo de las amplias mangas se veían algunos dedos clavándose a la piedra como con furia.
La capa tenía una capucha muy amplia que le ocultaba entre sombras el verdadero rostro, el cual parecía estar hecho de una piedra más clara que la de la capa, en color gris; mientras que dejaba a media luz sus ojos petrificados, haciéndola aún más tenebrosa. Toda la energía inmóvil de su cuerpo parecía brotar a través de esos ojos. La cabeza acompañaba el invisible foco de sus ojos que apuntaban justo al pie de la puerta.
En su conjunto, era una imagen imponente y perturbadora. Esa figura parecía una gárgola guardiana de la pirámide, cuidando esa puerta como si fuese la entrada a una cripta o una especie de portal hacia algo prohibido o permitido para muy pocos.
Una enredadera, con una sola rama llena de hojas de cinco puntas aserradas, en colores rojizos y amarillos, salía desde dentro a través de una grieta en una de las hojas de la Puerta y subía contorneándose hasta la cúspide, pasaba por entre los dedos y las mangas de la figura y caía hacia el otro lado de la pirámide. Enmarcaba sólo este frente, como si fuera una guirnalda, dándole así un contraste insolente a la vez que suavizaba las líneas rectas con su delicadeza.
Todo estaba en calma, demasiada calma, salvo esa mirada inmóvil y tensionada de la gárgola que parecía a punto de devorar el silencio; un silencio que parecía un preludio retrasando el caos, a pesar de tanta quietud.
De repente comenzó a inquietarse el viento, traía con él un murmullo que parecía despojos de palabras susurradas, casi imperceptibles.
De la enredadera se desprendió suavemente una hoja, se elevó hasta rozar la cara en sombras de la gárgola por debajo de su capucha y luego siguió camino hacia arriba; lo hacía lentamente como si fuera una mariposa buscando donde posarse hasta que se perdió por sobre las copas de los árboles, más allá de los límites del claro.
El viento se tornaba intenso. Las hojas que cubrían el suelo se arremolinaban y se empujaban unas a otras como si fuese un mar picado, con oleadas que iban combinando sus diferentes colores a cada soplido.
Ecos de silbidos del viento, que parecían quejidos, comenzaron a oírse cada vez más fuertes desde atrás de esa puerta; como si recorriesen espacios vacíos dentro de esa especie de Cripta, hasta chocar contra la madera, filtrarse a través de algunas grietas que no se veían y empujando para salir justo donde apuntaba la mirada de esa gárgola, expectante, desesperada.
En un instante todo quedó inmóvil, hasta el viento se había callado.
Una fuerza, como un rayo, cayó por detrás de ese árbol que formaba una arcada hacia la espesura del bosque, abriendo un camino más visible ahí detrás y luego se expandió hasta chocar con la figura de piedra, queriéndola traspasarla sin lograrlo. Generaba un espejismo dando la sensación de mover los pliegues de su capa tallada en la piedra como si fuese de verdadera tela, mientras que su cara seguía inmutable bajo las sombras y la presión de esa energía. En ese momento, unas alas abrazaron por detrás a la gárgola, era un ser translúcido y luminoso.
Los ojos de piedra de a poco se volvieron húmedos, brillosos y de un negro profundo que reflejaba el gris plata de las nubes. El sonido de una inspiración lenta y profunda acompañaba un leve movimiento debajo de la capa que se descascaraba dejando al descubierto una pesada tela. Parecía ser un suspiro contenido por siglos. La había despertado y mostrado un nuevo destino. La Gárgola sabía su esencia, había sido concebida para cuidar y proteger. A pesar de su imagen desafiante, su base era el amor. Ese luminoso ser le dijo que alguien se le acercaría para despertarla por siempre, ella lo sabría al ver su energía fluir hacia lo sagrado. Mientras tanto debería esperar.


Un crujido de hojas se escuchaba acercándose desde ese nuevo pasadizo.
La mujer del vestido raído y desgastado había sobrevivido a un golpe cruel e inesperado, tenía un propósito. Sus pies descalzos y lastimados no resistían un paso más, había caminado durante soles y lunas sin siquiera distinguirlos en tanta oscuridad y sin saber hacía donde la conducía ese nuevo camino. Ya no temía, pero estaba exhausta.
De repente una luz intensa encegueció a todas las sombras dentro de esa oscuridad hermética.
Delante de ella una luz plateada entraba a través de lo que parecía una arcada hecha por la danza de un árbol desnudo. Siguió hacia allí creyendo morir si daba un paso más, mientras sus ojos se amigaban con la luz. Al salir a ese Claro, respiró profundamente sintiéndose esperanzada, percibiendo que podía tener una nueva vida.
Cuando por fin sus ojos se adaptaron a la claridad, pudo ver frente a ella una pirámide con una forma sobre ella que no llegaba a distinguir. A medida que se fue acercando vio que la figura llevaba una capa y una capucha que dejaba ver unos ojos, que más que miedo le produjeron intriga. Parecía toda de piedra.
Siguió acercándose lentamente, el piso se sentía mullido de hojas y muy suave; se había olvidado del dolor en sus pies descalzos y cansados.
Sin despegar su mirada de esos ojos, llegó al pie de la puerta y se quedó quieta observándolos. Esa Gárgola parecía mirarla desde allí arriba como a punto de devorarla, aún así, ella trataba de ver su rostro por debajo de esas sombras. Al ver que lo que era piedra cobraba vida se paralizó. Sintió un escalofrío punzante, incontrolable, que le agitó el pecho de pánico. Vio como ese ser saltaba desde allí arriba justo frente a ella con su mirada enteramente posada en sus ojos y se dio cuenta que estaba acercando su cara lentamente a la de ella.
La luz iluminó las sombras. El miedo desapareció al ver esos ojos y ese rostro. Debajo de la capucha, la Gárgola era una mujer de una belleza exótica e intensa que la miraba hasta el alma con esos ojos negros hasta hacerla estremecer. Cualquier otro ser se hubiese estremecido de terror, sin embargo, ella sentía una inexplicable atracción tan fuerte y agradable que no pudo siquiera entender de qué se trataba, simplemente se dejó sentir. La gárgola se le acercó tanto que casi sus labios rozaban con la respiración los de ella, una respiración que le calmaba el pecho y la llenaba de éxtasis. Mirándose así a los ojos fijamente supo que ella estaba allí para guiarla y protegerla en el camino por delante. Sólo sintió un amor inmenso, una paz como nunca antes en su vida había sentido y el deseo de seguir junta a ella hacia su destino, su libertad, su plenitud. Supo sin hablar que la guiaría hacia el templo de Muddum. Entonces vio un resplandor que le hizo desviar la mirada por detrás de esa capa llena de polvillo, parecía dar forma a un ser alado, y supo entonces que todo guardián también tiene un protector, El Ángel de la Gárgola pensó, también las estaría protegiendo…
Continuará…